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La carta que dejó Alejandra
esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada devivir
te arrastra alejandra no lo niegues.
Me lo repite una y otra vez el siseo del silencio con un tono burlón que molesta hasta al más cuerdo.
El estar postrada en esta cama me tiene recordando cada mirada que deje en otros tiempos empapados de lágrimas o babeados por las carcajadas.
No me quejo, infancia no tuve, a los catorce años conocí a Luis y como no tuve madre ni padre, más que una tía que me tenia haciendo quehacer todo el día, me fui con él cuando cumplí los dieciséis. Él ya tenía veinte, era güero y guapo, me convenció y me enamoro. Al principio solía ser bueno, me trataba como lo que era, una niña que de nada del mundo sabía, pero comenzó a embriagarse y cada noche borracho sembraba terror en el cuarto feo y viejo donde tantas veces me maltrato.
Parí un hermoso varón justamente en mi cumpleaños veinte, le puse Alberto. Que me lo mataron cuando apenas era un muchacho sano. Llore por mi Beto infinidad de noches pues él al ser el mayor me defendía cada que Luis poseído por el alcohol me pegaba sin motivo ni razón. Beto fue valiente, lo enfrentaba y a su propio padre le decía que lo odiaba, eso me partía el alma, no soportaba ver cada mañana a mi hijo trabajar como burro para que pudiera alimentar a mis hijitos que cada que la noche llegaba partían a esconderse para que no les tocaran los palos que Luis repartía y a mí me tiraban.
Por las malas se le quito el vicio a Luis, tuvo que matar a un cristiano y estar encarcelado para dejar el alcohol de lado. Los niños crecieron, si queríamos prosperar teníamos que irnos a la ciudad. Era enorme, con sus edificios y sus autos que no paraban de hacer ruido. Como pudimos encontramos trabajo, los hijos poco a poco se fueron, se casaron, solo uno estudio para licenciado.
Se murió Luis justo cuando ya no era malo, cuando me daba las gracias por servirle el plato, se me murió y dolió tanto. Me quede sola, Augusto me llevo a vivir a otra ciudad más chica, de compañía me llevaban a mis nietos y me conforme al verlos crecer. Pero ellos también se fueron, sola me volví a quedar e imploraba en mis rezos a Dios para que me llevara uno de estos días al lado de Luis y de Beto.
Voy a cumplir noventa y cinco años, mis hijos, mis nietos, me olvidaron, hasta Dios no atiende mi suplica del deseo de morirme. Ya no me da hambre, ya no consigo dormir, me la paso viendo recuerdos y siento que el tiempo no pasa por mi departamento. La semana pasada me caí, me duele el cuerpo, aunque me duele más la soledad que se para delante de mi cama a velar el abandono de la nada.
Me quiero morir, ya no tengo a que quedarme aquí. Eso me lo demuestra cada que vienen mis nietos a visitarme por unas horas, presentándome a mis bisnietos distantes en sus ojos viéndome como un estorbo.
Se lo que voy a hacer, no entiendo por qué dilate tanto en tomar esta solución, me preparo un café bien cargado, tenía mucho que no me tomaba uno, es delicioso su aroma muy a pesar del sabor distorsionado con que lo he azucarado. Saco las fotos viejísimas del armario, las veo y veo como todo pasa por algo, me siento contenta, la respiración lentamente me deja. Y escribo esta carta que no sé quién la vaya a leer, es más tal vez ni a mis garabatos le entenderán, la mano me tiembla mucho. Perdóname Dios, perdóname vida por despreciarte pero ya me agote de existir en el ayer.
Alejandra.
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