jueves, 10 de febrero de 2011

Belona

Belona

-¡Vamos, apúrate y camina rápido!
-¡Ay! Ya me canse. Además ya casi llegamos.
-Mejor cállate y deja de voltear hacia atrás. Te he dicho que cuando vengas conmigo no hagas eso porque pueden descubrirnos.
-Aja y quiénes...
-Ya metete a la casa y cállate.
-Me choca que siempre que llegamos te encierras en tu cuarto. ¡Hazme caso! Al menos prepárame algo de comer, por favor.
-Cállate.

Tras esa orden de silencio se cerró la puerta de una recamara descuidada y con mil cosas regadas.
Pero al poco rato se abrió una mirada al otro lado de la ventana. La niña ya no soportaba el encierro de su madre y por más que preguntaba ninguna respuesta obtenía y su curiosidad la llevo a espiar:
Primero por la puerta tratando de escuchar algo o buscando una pequeña abertura para tratar de observar algo. Sin embargo no tuvo éxito la niña.
Después pensándolo mejor a la niña se le ocurrió salir al patio y tratar de espiar a través de la ventana del cuarto de su madre ya que las persianas siempre estaban entre abiertas por lo tanto algo se tenía que ver. Así tal vez la niña descubriría qué es lo que hacía su madre en su encierro.

-Shhhhhhhh... ¡Cállense, cállense! Qué no entienden, no quiero escucharlos, no quiero saber más de esa guerra. ¡Cállense! ¡Lárguense de mi cabeza!

Pasó un día, pasó otro, pasaron dos semanas, pasaron tres meses. Nada cambiaba. La madre recogía a su hija de la escuela, en el trayecto la misma cantaleta de que la niña se callara y se apurara porque podían escucharlas. Llegaban a su casa la madre corría a encerrarse toda la tarde en su recamara. La hija espiaba por afuera de la ventana y veía una verdadera guerra: Su madre callando y corriendo a las voces de su cabeza al igual que a ella nunca le harían caso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario